martes, 15 de julio de 2014

DIOSES DE BARRO



Hubo un día en el que éramos dioses y reinaba la armonía
Nuestra era la tierra, sus alimentos.
Nuestros el sol, la luna y el viento.
Vivíamos inmortales y soñábamos sueños eternos.
Pero pasó en una era no muy lejana, que uno de nosotros destacó y apareció una envidia insana.
No destacó por su bondad, ni por su talento, ni tan siquiera por su grandeza,
sino por su afán de amasar riqueza.





 
Teniendo más que los demás, en poco tiempo hizo adeptos, a los que prometió que a su lado serían más que dioses, que llegarían a ser mortales y únicos en su género.
Les hizo ver que siendo dios entre dioses nunca destacarían y que siendo humanos mortales, de los demás sobresaldrían.
Por ese entonces ya arraigaba además de la envidia, la opulencia y con ella la soberbia.
Desterraron la humildad de su credo, renegaron de su legado, ya no había dioses, tan solo padres, hijos y hermanos.
Alma de dios en cuerpo de esclavo, fue el epitafio del primer hombre enterrado.



 
Y no murió de otra cosa que de pena, por el daño causado y por su condena
Pero aun siendo mortales, que impere una idea,

que una vez fuimos dioses y nuestra alma es la prueba,
que podemos seguir viviendo en armonía, que la vida es un don que muchos olvidan
y que en el próximo epitafio se lea
aquí yace la envidia, aquí yace la muerte y aquí empieza el camino de volver a ser vehementes…